La casa de acogida

Durante años hemos trabajado en una casa alquilada, que todos llamamos Torre. Allí les dimos de comer, los cuidamos y les ayudamos a estudiar hasta superar el centenar, pero desde el principio sentimos la necesidad de contar con nuestros propios dormitorios, pues los niños volvían por la noche a sus chozas y en ellas perdíamos parte de lo conseguido durante el día.

En el 2007, en la shamba, un terreno próximo al pueblo, hemos construido la nueva Casa, con un dormitorio de niñas, otro de niños, un edificio de comedores y oficinas y ahora también un hospital.

De momento hemos conseguido que la mitad de los acogidos duerma en un entorno sano y protegido. Es un tema de la máxima importancia pues en muchos casos no queda otra solución que sacarlos del ambiente insalubre en el que están expuestos a enfermedades y abusos, aunque, si la familia cuida de ellos, preferimos no separar al niño y trabajamos para mejorar la situación en sus propias chozas.

Ahora nos vemos en la necesidad de construir cuanto antes otro pabellón para hacer sitio a casos graves de abandono.

A los seis años de nuestra fundación, nos ocupamos de la alimentación, el vestido, los cuidados médicos y los estudios de más de doscientos niños y niñas.

Tenemos un primer grupo de 43 pequeños, de entre 2 y 6 años, que pasan el día en Torre. Allí comen, juegan, cantan, bailan, escuchan cuentos, se lavan, conviven en un ambiente protegido y aprenden sus primeras letras preparándose para su escolarización.

También nos hacemos cargo de algunos bebés, empezando ya en el embarazo para garantizar una buena nutrición y la atención médica de la madre.

Un segundo grupo de entre 7 y 12 años, el más numeroso, cursa primaria y va a la shamba a comer, estudiar, jugar y compartir su tiempo con otros niños fuera de la calle. Un tercer grupo de más de veinte chicos estudian secundaria.

A los que están estudiando los ayudamos con clases de apoyo. Clases que evitan el fracaso escolar generalizado entre nuestros niños. Se trata de cambiar pequeños mendigos, criados o trabajadores prematuros y transformarlos en estudiantes que saben que su primera obligación, y su mayor esperanza, es estudiar. Ellos se lo toman tan en serio que muchos han pasado de estar en los últimos bancos a figurar entre los primeros de sus clases.

Mención aparte queremos hacer de las tres muchachas que, becadas por colaboradores de ANIDAN, han conseguido entrar en la Universidad de Kampala.

Otros pocos realizan estudios profesionales y alguno más ha empezado a trabajar, como Rachel que recientemente ingresó en la policía de Nairobi.

Todos han encontrado en ANIDAN una segunda familia y lo sienten así. En nuestra Casa reciben los cuidados básicos y algo más.